miércoles, 8 de junio de 2011

La novela exigente, Juan Gabriel Vásquez, Raskólnikov

En uan entrevista con Antonio Lozano, dice el escritor Juan Gabriel Vásquez lo siguiente:





Los lectores han cambiado, el mundo es hoy más hostil a la novela de lo que fue antes, muchos impulsos están reclamando de forma constante nuestra atención y una novela exige de silencio y de una soledad que no encaja con nuestro mundo cotidiano. La novela es asimismo un espacio en conflicto con el pensamiento predominante en la sociedad, porque no toma partido, es irresponsable y no es proselitista. Al entrar en él vivimos allá donde las religiones, los políticos, los publicistas no intentan convencernos, donde dos ideas opuestas son igualmente válidas, donde podemos repudiar y admirar a Raskólnikov. Allá fuera no existe  esta épica, sino que encontramos un mundo basado en la eliminación de los grises, donde las emociones primarias y sublimadas sostienen gobiernos. Este arrinconamiento de la sutileza y del matiz está empujando a la novela a los márgenes de la sociedad. 

(Revista Qué Leer nº 166, junio 2011)


Foto: Cristóbal Manuel (El País)

miércoles, 1 de junio de 2011

15M

Lee Luis Castillo un texto de mi amigo Carlos Espinar y me llama y me dice: Ese amigo tuyo es un tío lúcido, de los pocos que van quedando. Claro que sí, Paco: utopía, utopía y utopía es lo que hace falta. La gente, toda la gente, todos necesitamos utopías y necesitamos sacudirnos tanta realidad tan falsamente preponderante, tan prepotentemente falsa. ¿Quién se cree esos noticiarios en los que, da igual la cadena, las noticias son exactamente las mismas, sólo que contadas, matizadas según el sesgo ideológico de cada cadena? ¿Quién las crea, quién las lanza? Todo tan igual que solo puede ser señal de que es manufacturado, falso, Paco.  Hace falta no criticar desde dentro, para que el sistema lo degluta, sino desde fuera. Y desde fuera sólo se hace mediante lo imposible, lo que le parece risible al sistema, lo que desprecia porque parece inalcanzable. Eso es lo utópico, Paco. Y cuando crees en algo, ya lo has puesto en marcha.


Foto: Alex Webb

miércoles, 25 de mayo de 2011

El paro y los que no paran


Dice mi amigo Luis Castillo que el fascismo no ha desaparecido, que es casi innato a muchos seres humanos, que quieren estar siempre por encima de sus semejantes y que no paran de esforzarse para hallar las fórmulas, las maneras, los procedimientos para tener sometidos a los que son como ellos pero a los que no aceptan que sean como ellos. Es la larga y oscura historia de la humanidad, concluye entristecido.

Este fascismo no se combate. No se ve, no tiene cabezas visibles, no levanta muros físicos. No vale salir a la calle, no vale enfrentarse a nadie. No vale nada contra él. Su poder es innegable, pero casi invisible. Está dentro de nuestra razón, lo representan la mayoría de los políticos, que dicen: Es el mercado, Es la lógica, Es lo que dice la Comunidad Europea, lo que dice el FMI. El dinero es nuestra nueva conciencia. Lo que nos mueve, lo que nos acuna, lo que nos conmueve. Nos han inoculado su veneno y ya no hay nada que hacer, dice Luis, desesperanzado. ¿Cómo no nos cuestionamos los despidos masivos? ¿Cómo no rugimos de dolor ante las nuevas cifras, escandalosas e intolerables, del paro? ¿Cómo no pedimos de verdad responsabilidades a quienes nos llevan no a la ruina económica, que también, sino a la ruina moral? Nuestra alma se achica, tiene un agujerito como las huchas, dice Luis Castillo, enojado. Por ahí entra lo que nos alimenta, las moneditas que nos tiran los que manejan los números, los que nos permiten dar un pasito palante y nos obligan a dar dos patrás, Paco, apunta, y se enoja aún más. Y nuestra alma cabe en una hucha, está presa en la hucha, y ya solo, miopes y acongojados, miramos lo que vendrá a continuación, solo tenemos fuerzas para luchar contra lo inmediato, y tenemos miedo, y nos han inculcado que la vida es poca cosa, que hay que comprar y olvidar: y es una mierda, Paco. Es el fascismo, es un embuste, es una manipulación fatal. Si no nos damos cuenta, si no luchamos, si no nos lo sacudimos de encima, qué pena de mundo les dejaremos a los que vengan detrás. Cuando ellos lo adviertan, cuando empiecen a luchar pensarán que fuimos unos cobardes y unos desalmados, unos egoístas, y que estamos todos bien muertos y bien olvidados. Que les den, dirán, opina Luis Castillo, que se pudran.


Foto: Alex Webb

miércoles, 4 de mayo de 2011

Edmundo Paz Soldán: Norte

No hay un norte para un asesino en serie. No lo hay en esta novela para ninguno de sus tres principales personajes. Paz Soldán nos habla de fracturas, de pérdidas, de situaciones de soledad y desesperación que tocan muy de cerca al asesino, a una dibujante y guionista de comics y a un pintor loco. Rotas las raíces que unen a una tierra, a unos seres queridos, los inmigrantes que entran en los Estados Unidos con piel morena y acento español no encuentran caminos fáciles, no van hacia un norte claro y esperanzador. Buscarse la vida sin apoyos y sin amor y sin comprensión de alguien cercano lleva a la desconfianza, al asesinato en un caso, a deshacerse de un hijo que no tiene un padre que lo querrá en otro, a desear que las paredes de un manicomio sean el mejor refugio del mundo en el último caso, en la tercera historia contada en Norte. Seres sin patria, sin hogar, extraviados por dentro y por fuera. Infelices.
Las tres historias están unidas por la voluntad del autor, no se engarzan apenas en la trama y el lector ha de unir hilos que lo sacan (sin alejarlo) de las páginas del libro, el mayor acierto de Norte. En algunas escenas en que el asesino mata, uno preferiría cerrar los ojos, saltar páginas, porque es verdaderamente terrible lo que se está leyendo. Paz Soldán no se recrea, pero tampoco elude: lo contrario sería hurtar y disfrazar, rebajar y mentir. Y este es un libro sincero, escrito no para sumar a la victoria de una carrera literaria, sino para hablar de unos temas de gran exigencia preparatoria, que resultan muy difíciles de abordar en una novela. Las dificultades las solventa el autor con un estilo escueto, sin alardes, rápido y preciso. El libro se lee sin saltar ningún escollo. No hay abuso del psicologismo. Y se sortea lo fácil y sabido con la economía de medios de que se vale Paz Soldán, con una prosa permeable al lenguaje hablado, que está dentro de los párrafos de la narración, algo que me parece de gran valor: atrás quedaron los tiempos de la prosa limpia y pulcra y distanciadora -soy un hombre bueno que cuenta cosas malas, late en tantos libros cargados de buenas e inocuas intenciones-para contar historias como esta, pues el escritor que se lanza al vacío quiere a un lector que sienta el vacío.
Intensa novela, planteada para que pueda entenderla y aproximarse a ella cualquier lector, con un cierto eco barojiano de fondo -por más que pueda parecer que es producto de una manera muy estadounidense de hacer, en la que se cuentan muchas cosas y el ritmo y la sucesión de escenas es esencial-, está en el centro de asuntos que ahora nos importan, resulta muy recomendable y tiene un pulso de escritor de gran categoría latiendo en todas sus páginas.

Cambio de residencia



Una nueva casa. Un domingo por la mañana, coges tus cosas y las llevas a otro sitio. Empiezas de nuevo. No te olvidas de nadie. Pero dejas atrás algunos recuerdos y caminas sin olvidar otros muchos, muy necesarios para seguir viviendo. Llueve. Lo prefiero. Quizá no me haya equivocado.